Me voy, pero volveré (Propuesto por Nepomuk)
La mujer de la limpieza, que normalmente pasa el trapo como si le estuviese pegando una paliza a alguien con indiferencia, mimaba cada centímetro del despacho del señor Sinclair como quien baña con esponja por primera vez a su hijo.
Y es que Jacques Sinclair era una eminencia en la empresa, el respeto que despertaba su porte serio y severo era casi mágico. Podías pisar por primera vez la oficina donde trabajaba y notabas en el aire que allí habitaba una personalidad fuerte, envuelta en un aura de sobriedad y eficiencia.
Había sido durante veinte años un ejemplo para todos, un faro que por siempre jamás impediría que la empresa se estrellase contra los arrecifes de la competencia.
Pero hoy no estaba, el dia anterior había salido de su despacho antes de la hora por primera vez en su historia, con su gabardina y su maletín marron, tótem de la religión del trabajo en casa fuera de horas, y había desaparecido.
Pero eso sí, todos recordaban que antes de salir por la puerta había dicho:
-Me voy, pero volveré.-
Una frase tan trillada, explotada hasta la saciedad por individuos que anhelaban impresionar con facilidad, fué pronunciada por el señor Sinclair como una afirmación incuestionable. Cada palabra, cada letra, cargaban con todo su significado al completo, sin derramar una sola gota.
Así es como la tripulación sin capitán continuó con sus tareas, en una oficina que olía a buena pero vieja madera y a falta de ventilación. Seguían con el trabajo rutinario confiando en que su salvador regresara antes de que avistaran alguna tormenta empresarial.
Sinclair mientras tanto estaba en su coche camino de la costa. Su cara surcada por la experiencia, diseñada para tener una única y severa expresión. Su maletín de piel de primera calidad como copiloto. El sol bailando con él en cada curva, derecha, izquierda, vuelta y a empezar de nuevo.
Dejó el coche a pie de playa, en una plaza de aparcamiento lamida por la arena. Era un dia soleado de otoño con un fuerte viento a ras de tierra.
Andó con su traje azotándole, sujetando su maletín con firmeza y con los zapatos estropeándose velozmente por los arañazos de la arena que huía del viento.
Se quedó mirando el mar, al cabo de largo rato el viento consiguió deshacer el peinado engominado que durante tantos años había lucido, y su maletin cayó al suelo, hundiéndose ligeramente en la arena que parecía querer arroparlo.
Agachándose lentamente Jacques recuperó su maletin y volvió imperturbable al coche. Arrancó y puso rumbo al trabajo sin detenerse.
Cuando entró en la oficina, su traje, zapatos y maletin tenían una fina capa marrón de arena polizonte.
-Descorred las cortinas, esta penumbra es insalubre.- Dijo a sus sorprendidos empleados, justo antes de desaparecer en su despacho.
Puso su maletín encima de la mesa, como tantas veces antes. Se giró y descorrió sus propias cortinas, observando por primera vez lo que su ventana le mostraba.
Se sentó al poco rato y abrió su maletín que soltó arena sobre su mesa. Y con un solo movimiento sorprendentemente indolor, sonrió.
A partir de entonces, su empresa navegó mucho mas cerca de los arrecifes, sufrió algunos daños que fueron reparados y la tripulación ya nunca volvió a estar tranquila. Pero maldita sea, que bien sentaba el viento en la cara navegando de esa manera.


