viernes, abril 07, 2006

Un pueblo cualquiera (parte III)

No tengo mucho tiempo para pensar. Miro a los aldeanos reunidos a mi alrededor, tanta expectación levantará sospechas.
-Iros todos a vuestras casas, soy el enemigo, lo que ha pasado aqui no significa nada, si veo a uno solo de vosotros en la calle os aseguro que os reunireis con vuestros amigos - Digo señalando con la espada al montón de cadáveres de los supuestos asesinos de mis compañeros.

- Vosotros dos, quedaos - Les digo al hombre agradecido y al chico que le acompaña. Es peligroso utilizarlos, pero si llega el comandante y no estoy interrogando a nadie, se pueden dar todos por muertos incluido yo.

No puedo dejar de pensar en que deberia haberme quedado fuera del pueblo, lo suficientemente lejos como para no oir ni ver nada. No servirá de nada que yo muera por esta gente, si van a morir de todas formas, ¿porqué malgastar mi vida?.

Debo estar preparado para todo lo que pueda suceder. Si el comandante me pide explicaciones le diré que nos han atacado varios hombres armados, que cuando sólo quedaba yo con vida el sonido del cuerno los ha hecho huir. Con las heridas que tengo y la sangre en mi armadura salta a la vista que he luchado. Espero que ni se le ocurra pensar que contra mi propia gente.

El aspecto de sus muertos es lamentable, salta a la vista que no formaban parte de un escuadrón organizado, así que le diré que eran de una banda de forajidos que tenía aterrado al pueblo. Así puede que la idea de que están en el bando contrario se suavize un poco.

Si no me deja ni hablar, si entra matándolo todo a su paso, no voy a mover un dedo. Contra quinientos no tengo nada que hacer.
Si no mata a nadie pero me pide que ajusticie a estos dos, también lo haré. La muerte de dos que van a morir igualmente bien vale la vida del resto del pueblo y sobretodo la mía.

No debo dudar, si se da cuenta de que no me sale sin pensar, podría mancharme las manos de sangre inocente y no servir de nada. Espero poder dormir los años extra que me gane.

- Ni se os ocurra decir nada, si abriis la boca pensaré que direis algo que podría delatarme y separaré vuestras cabezas de vuestros cuerpos.

Pocos instantes después el ejercito ha entrado prácticamente en su totalidad en el pueblo. El comandante viene hacia mi. Nadie más se mueve. No ha ordenado desalojar las casas, gracias a Dios. Cuando porfín llega a mi lado observa los cadáveres y tras unos instantes de absoluto e inquietante silencio, en los que sin duda esta barajando todas las posibles explicaciones que se le ocurren de lo que haya podido pasar, se dirige a mi:
- ¿ es este el alcalde del pueblo ?
- Asi es - le respondo, no tengo ni idea de si lo es o no, pero tendrá que servir. El hombre mantiene la mirada baja y no hace ningún ademán de responder. Bien.
- Bueno, pues mátalo y vámonos, debemos movernos deprisa, no podemos perder tiempo con esto. - mientras habla me observa atentamente.

No debo dudar, pero tampoco precipitarme. Levanto la espada con calma, el hombre ni se inmuta, el joven tiembla visiblemente pero tampoco parece que vaya a decir nada. ¿Són conscientes de que con su valentía están salvando al pueblo o simplemente són rematádamente cobardes ?. Demasiado rato pensando, de un corte límpio decapito al agradecido. Apenas siento la resistencia del cuello, ciertamente esta es una buena espada.

El comandante asiente con aprobación, sea lo que sea lo que tenía en la cabeza, parece haber quedado satisfecho.
- Coge tu caballo, nos espera una guerra que ganar. - me dice volviendo hacia la columna.

Hace ya una hora que el pueblo se ha perdido de vista, cabalgo al lado del comandante porque así me lo ha pedido. No puedo evitar pensar en la frialdad con la que he actuado y pensado, ¿será que no tengo emociones?, ¿que soy un maldito monstruo?, si es así, los habitantes vivos del pueblo pueden dar gracias por ello.

Fin.

miércoles, abril 05, 2006

Un pueblo cualquiera (Parte II)

Sin reducir un ápice la marcha, mis compañeros irrumpen en el pueblo, ignorando a los niños que se apartan en el último momento. Los muy hijos de puta tienen claro el orden a seguir. Los adultos en condición de luchar deben caer primero, después ancianos, enfermos y niños.

Detengo mi caballo, no pienso participar en esto. Los niños discuten nerviosos entre sí a pocos metros. Les ignoro y observo las acciones de mis compañeros. Se han separado en grupos de tres y van apareciendo y desapareciendo entre las calles, gritando, amenazando... Los primeros alaridos desgarran el aire a mi alrededor. Es una mujer, no se si su agonía proviene de una herida propia o de la muerte de un ser querido.

- ¿ Van a matarnos a todos ? - Una voz clara y musical llega de debajo de mi caballo. Me inclino y veo a un niño de unos seis años, que me mira con unos enormes ojos castaños abiertos de par en par, mientras mordisquea nervioso su labio inferior.

Me muevo incómodo y no contesto.

- ¿ Porqué ? - la misma maldita voz, clavándose en mis oidos, rasgando mi conciencia. La ignoro, pienso en la granja de mi abuelo. Debo ser fuerte, no es mi problema, sólo me importa recuperar mi vida y que este infierno termine cuanto antes. ¡Maldita sea!.

Me inclino, quito al niño de debajo sin contemplaciones, espoleo a mi caballo, desenvaino la espada y me dirijo, lo más rápido que puedo, hacia tres de mis compañeros que han desmontado y estan concentrados intentando derribar una puerta.

- ¡ Deteneos !, ¡esto no tiene ningún sentido! - grito desde la distancia. Ellos me ignoran.
La puerta de una casa cercana se abre y un chico joven sale de ella con un cuchillo de cocina.
- ¡Dejadnos tranquilos, largaos!.
Contentos de tener un objetivo accesible los tres asaltantes dejan la puerta y se dirijen con gesto de triunfo hacia su víctima.

Llego yo primero e interpongo mi caballo.
- Ya os habeis divertido suficiente, aqui no hay gente armada.
- Yo veo un cuchillo en la mano del chico, Sam - Dice con sarna el más bruto de los tres.
- Debería preocuparte más la espada que tengo yo - Le contesto exhibiendo la magnífica arma de mi padre. Una vez me contó que la había "adquirido" en uno de los muchos castillos que había ayudado a reducir a cenizas.

Sus dos compañeros intercambian miradas nerviosas. Ensañarse con gente desarmada es una cosa, como cortar pastel. Enfrentarse al mejor espadachín de la promoción, protegido por la mítica armadura de su padre, era algo muy diferente. Pero el bruto no se amedranta.

Dando un par de zancadas hacia un lado intenta rodear mi caballo, pero al bloquearle el paso de nuevo decide atacar. Ni siquiere necesito usar la espada, esta cerca, le propino una patada directamente a la mandíbula lanzandolo hacia atrás. Mis esperanzas de que sus dos compañeros se acobarden se desbanecen cuando saltan sobre mí.

Uno me agarra del brazo mientras el otro desequilibra al caballo. Noto que caigo, pero soy más fuerte que mi agresor así que consigo terminar cayendo sobre él, mucho menos doloroso que besar el suelo desde esta altura. Me levanto rápidamente. No hay tiempo para tonterias, el mal ya esta hecho. Un par de mandobles y ya son tres los cuerpos inhertes en el suelo.

El pobre chico sigue exactamente en la misma posición, sujetando tembloroso el cuchillo. Le dedico sólo una mirada, vuelvo a montar y voy a recorrer el pueblo en busca de los otros grupos.
No me es nada fácil, pero en grupos de tres y con la sorpresa como aliada termino con todos ellos. Las miradas de terror de algunos de ellos siguen dibujadas en mi retina, pero ya empiezan a desaparecer.

Mientras me limpio la sangre de la espada con la capa de uno de mis excompañeros un aldeano se me acerca tímidamente.
- Mu... muchas gra... gracias...
- ¿Teneis armas? ¿ armaduras ? - Le respondo
- No... no podemos luchar contra tu ejercito... nos masacrarían. - Me dice con cara de pánico.
- ¿Teneis suficientes para vestir a una decena de vuestros muertos ? No pienso suicidarme, simularemos que efectivamente habia presencia hostil - Y con un poco de suerte no van a colgarme por esto, añado para mis adentros.

Un par de horas más tarde tenemos nueve soldados de los mios muertos a manos de seis hombres de armaduras harapientas y otros cuatro sin protección alguna. No se lo van a creer.
El sonido de un cuerno anuncia la llegada del grueso del ejército. Recitando una plegaria envaino mi espada y me preparo para lo peor.

(continuará?)

lunes, abril 03, 2006

Un pueblo cualquiera

Es un día soleado. Lista de lo que sobra: olor a heces de caballo, abrillantador de armaduras y sudor . Lista de lo que falta: silencio, espacio, cerebros y sobretodo paz.
Estoy preparado para la acción. Llevo puesta la armadura de mi padre, monto también su poderoso caballo de guerra y en mi vaina tengo su casi legendaria espada.

A mi alrededor forman otros diez jovenes jinetes, todos ellos con más ganas de morir que yo. Pero pongo cuidado en que no se me note, quiero volver entero y ocuparme de los terrenos de mi abuelo, como he hecho siempre.

Nuestro orgulloso comandante se acerca majestuoso, embutido en sus mejores galas.
- El sargento instructor me ha informado de que ya estais listos para engrosar nuestras filas. ¿Estáis de acuerdo?
Ensordecedores gritos emergen de mis compañeros.
-¡Si!
-¡Ya lo creo!
-¡¿Dónde están esos malditos cerdos?!

El comandante me mira frunciendo el ceño.
- Tu eres Sam, ¿no?.
- Así es señor.
- No pareces muy ansioso por entablar batalla.
- Mi entusiasmo se demostrará cuando realmente haga falta señor.
- Si eres la mitad de hombre que tu padre así será.
- Es fácil ser más hombre que un muerto señor.
Demasiado tarde me doy cuenta de con quién estoy hablando.
Su rostro pasa lentamente de la sorpresa a la indignación y termina mostrando una mueca de disgusto.

- Ya me habían informado de que eras algo extraño, procura demostrar más respeto por tu padre cuando estés ante mí. Me salvó la vida en incontables ocasiones.

Tengo que morderme la lengua para no decir algo de lo que bien seguro terminaría por arrepentirme.

-Tenía la esperanza de que fueras un poco más como él y otorgarte el mando de este pelotón, pero está claro que todavía no tienes la disciplina necesaria.

Tras seleccionar a uno de mis devotos compañeros como líder, nos da las ordenes. Servir como avanzadilla y explorar en busca de muy probables fuerzas hostiles en un pequeño pueblo a pocos quilómetros de allí.

Una vez recibidas las ordenes, nuestro recién nombrado y henchido líder nos ordena salir a galope tendido.
Antes de partir saludo con un ligero cabezeo a mi comandante.

Es agradable sentir la suave brisa filtrandose entre las placas de metal de mi armadura, mientras vuelo detrás de mis compañeros.
No paran de gritar emocionados, como si les hubieran ordenado ir a buscar el secreto de la felicidad. Decido adelantar hasta la cabeza e intentar razonar con ellos... si seguimos corriendo como locos sera imposible evitar una emboscada.

El cabeza de chorlito del que dependen nuestras vidas suelta una risotada ante mí cobardía.
- Sólo hay granjeros como tú por esta zona, tranquilo - me dice.
- Si crees que sólo son granjeros, ¿porqué estais tan contentos?, ¿no preferirías poder luchar?
- Amigo mio, lucharemos. Esto es territorio hostil, ya has oído al comandante.

Suficientemente malo es que te obliguen a luchar por un país que te importa un pimiento, que pretende tomar unas tierras que nunca han sido suyas, para que encima ahora se te pida matar gente desarmada.

- Se nos ha pedido buscar posibles hostilidades, si solo son granjeros no moveremos un dedo.

Procuro dar a mi voz toda la resolución de la que soy capaz. Suele funcionar con las mulas y los perros de mi abuelo. Pero no parece ser muy util en pleno galope y hablando con fanático semejante.

- Esta... - piensa un rato buscando la palabra adecuada - gente... - bueno, menos mal, los considera humanos - son holgazanes, son pocos y vagos como perros, nosotros somos más y mejor organizados, esta tierra dará mucho mejor fruto si nos libramos de tamaña escoria.

Doy por perdido al jefe, recorro con la mirada al grupo e intento recordar cual de estos energumenos es más o menos civilizado. Me acerco a un par de ellos, pero en cuanto empiezo a mostrar mi desaprovación sobre lo que vamos a hacer, se quedan líbidos de terror y miran a mi alrededor esperando que nadie más haya oído mis herejes palabras.

El pueblo aparece ante nosotros, lleno de pesar veo a un grupo de niños jugando justo en la entrada. Serán los primeros en caer.

(Continuará?).