Sam
Llevaba cuatro horas trabajando a pleno sol cuando Sam decidió descansar unos minutos. Dejó la azada a un lado y abrió su pellejo. Se llevó el agua a los labios agrietados dejando que aliviara su reseca garganta. Ya no estaba tan fresca como a primera hora, pero agradeció enórmemente el trago.
El sol atacaba inclemente sus desprotegidos ojos, pero no le importaba. Los rayos dorados ensalzaban la belleza de los campos de trigo que había plantado con sus propias manos y que rodeaban su humilde cabaña.
Había vuelto de la guerra diez años atrás y tras comprar este pedazo de tierra olvidada de todo el mundo se había volcado en cuerpo y alma a ella y a su familia.
Ahora su tierra ya no estaba olvidada, el nuevo alcalde de la ciudad más próxima había decidido que estaba bajo su protección previo pago y su familia ya sólo consistía en su hijo Pol de ocho años y pelo como llamas purificadoras.
En cuanto a las pretensiones del alcalde, Sam las había ignorado repetidas veces e incluso había echado a patadas al último recaudador que se había atrevido a acercarse. En lo tocante a la muerte de su esposa unos pocos años atrás, la visión de su hijo creciendo saludable, listo y alegre, le aliviaba como el mejor de los ungüentos.
Un repentino destello procedente de la cabaña llamó su atención. Pol debía haber salido con el cubo metálico a por agua al pozo. Iba a ponerse de nuevo a trabajar cuando vió varios destellos cerca de su cabaña. " Eso no son cubos reflejando el sol, son cotas de malla. Cinco. ", pensó Sam alarmado. Empezó a avanzar en dirección a su hogar inseguro primero, más aprisa después.
Un alarido de dolor le heló la sangre. " NO ". Una única palabra resonando en su cabeza. "NO". Corrió con todas sus fuerzas, su corazón bombeaba como nunca, su destino era el lugar donde su hijo había gritado.
Pol estaba levantado dos palmos del suelo, atravesado por una lanza, clavado en la pared sur del establo. Los ojos en blanco y la boca abierta en un grito sordo y sangriento.
El corazón de Sam se detuvo con un golpe extremadamente doloroso, cayendo de rodillas golpeó el suelo como un fardo sin vida. "NO". Las lágrimas surgierón de él como un torrente incontrolable. Lágrimas que no había vertido por la muerte de su esposa, ni por sus compañeros caidos en la guerra. Todo su mundo había dejado de existir, la desesperación tomó posesión de su cuerpo vació ya de toda voluntad.
Alguién se movía a su espalda, no era un ser humano, era un cerdo asesino de niños, un monstruo que había acudido a él para destruir todo lo que amaba. Era un montón de cosas que no perdió el tiempo en explicar, simplemente se aseguró de que dejase de ser. Con el primer puñetazo el yelmo mal abrochado voló por los aires, con el segundo y tercero la mandibula explotó y la nariz se incrustó en su podrido cerebro.
Antes de que su primera víctima hubiese caido al suelo ya tenía su espada en la mano. Sus oponentes eran matones inexpertos acostumbrados a tratar con granjeros desarmados. Ninguno fue lo suficientemente veloz para evitar sus tajos cargados de dolor, odio, frustración y sed de venganza. Sólo uno fué suficientemente rapido para llegar a su caballo y partir desesperado hacia la seguridad de la ciudad.
Sam contempló la nube de polvo que se elevaba tras su evadido objetivo. Observó su rostro en el filo de su espada. Deformado en una mueca de dolor y furia aparecía entre los restos de carne y sesos pegados al filo, las lágrimas no habían dejado de brotar y caían como una triste lluvia sobre la sangre de la espada disolviendola en parte y mostrando el brillo que había debajo.
Gritó, el aire le arañaba la garganta al salir y los pulmones lo dolían debido a la presión. "Que pare este dolor, que muera mi pena, que mueran todos".
De un salto subió al primer caballo que encontró y lo azuzó con violencia trás el último de sus objetivos. Fué ganándole terreno pero no fué hasta las mismas puertas de la fortaleza del alcalde que lo atrapó. Estaba subiendo el último de los peldaños de la escalinata que llevaba a las pesadas puertas de roble mazizo. Sam desmontó y lanzó su espada con precisión letal.
El cuerpo sin vida del último de sus atacantes cayó a los pies de los dos centinelas de guardia.
Sin tener muy claro que hacer ante semejante aparición bajaron sus lanzas para frenar el avance del inesperado atacante.
- El alcalde a matado a mi hijo, ahora voy a matarle yo a él - Los sorprendidos soldados apenas entendieron las palabras de Sam que seguía llorando y gritaba más que hablaba. Uno de ellos se apartó al ver su mirada asesina, el otro cometió el error de intentar embestirle. Preguntándose todavía como su lanza había cambiado 180 grados su orientación hasta clavarse profundamente en su estomago cayó rodando.
Sam entró en una gran sala repleta de tapices y alfombras, al final había una larga escalera que llevaba al piso superior donde estaba el despacho del alcalde. Y a mano derecha una pequeña puerta llevaba a una escalera que descendía a la oscuridad de las mazmorras.
Cogió una antorcha de la pared y prendió fuego a todos los tapices que encontró en su camino hacia el piso superior. Algunos guardias más se cruzaron en su camino pero perecieron rápidamente en sus manos perturbadas. Terminó con la vida del alcalde con la misma velocidad, no se recreó en causarle dolor, se limitó a aplastar su cabeza contra su caro escritorio con un precioso taburete con detalles dorados.
Con pasos lentos y pesados Sam emprendió su camino de vuelta a casa. Vacío y con las lágrimas secándose por el calor de las llamas que ya estaban devorando la fortaleza hasta los cimientos cruzó el vestibulo en dirección a la calle.
Al llegar junto a la puerta de las mazmorras los gritos despertaron la poca razón que aún quedaba dentro de él. "No es la voz de guardias quemandose vivos, hay mujeres allí abajo y... niños...". Se lanzó contra la puerta en llamas destrozandola como papel. Voló por los escalones ignorando el fuego que empezaba a prender en sus ropas.
Al llegar junto a las celdas no pudo reaccionar. Era demasiado tarde. Algunos cuerpos se convulsionaban aun envueltos por el fuego, pero la mayoría estaban ya inmóbiles. Decenas de personas que habían sido llevadas allí con algún absurdo pretexto del despota alcalde, habían muerto por su ira, su dolor, su sed de venganza. Se quedó allí parado. Sin quejarse ni moverse dejó que el fuego le consumiera lentamente evaporando sus lágrimas y su estupidez de raíz.
FIN!!


