miércoles, octubre 25, 2006

Nieve (Parte II)

leer primero parte I

Yitz’chak vuelve a estar fuera del barracón. Un día más contempla impasible como su padre completamente desnudo, se congela lentamente al otro lado de la alambrada que separa a los hombres, de mujeres y niños.

-¡Yitz’chak!, entra ahora mismo. – le digo a mi hijo consciente de que no va a escucharme.
Un centinela me indica con la punta de su ametralladora, que guarde silencio.

No puede ser sano para la mente de un niño de nueve años, contemplar día tras día como su padre muere bajo la supervisión de dos soldados alemanes.

Siempre había sido un niño risueño, conocía perfectamente el sonido de su risa, que escucharon todos cuando su padre le contaba alegremente que iban a pasar unas vacaciones con unos anfitriones algo ariscos.
Su marido era considerado por muchos un genio, médico de renombre en constante búsqueda de conocimiento, dedicaba muchas horas a su hijo, a mostrarle las “realidades” del mundo como él las llamaba. Simples cuentos, metáforas excesivamente adornadas y edulcoradas que ella siempre desaprobó.

De esta manera su hijo se pasó la infancia con mirada soñadora, perdido en fantasías llenas de colores y felicidad.
No es que a ella le pareciese mal que su hijo fuese feliz, pero habría agradecido a su marido prepararle mejor para el mundo real, un mundo que ahora estaba degustando de manera enfermiza.

Hacía tres días que su marido estaba a la intemperie mientras sus vigilantes controlaban que no llegase a congelarse demasiado. Dándole una manta cuando sus miembros empezaban a mostrar signos de congelación irreversible y destapándole de nuevo cuando el frío remitía.

Tres días que su hijo ya no miraba las nubes, ni sonreía. Tres días que su hijo era un completo desconocido para ella.

Cuando estoy a punto de ir a buscarle, el frío viento invernal trae arrastrando sobre la nieve, una gorra de oficial alemán, que por azar se detiene a escasos centímetros de mi Yitz’chak, quien sin pensárselo dos veces se la pone en su cabeza demasiado pequeña y empieza a andar en círculos levantando exageradamente las piernas rectas.

Reprimiendo un grito de angustia salgo corriendo hacia él, temiendo que al dueño de la gorra no le haga ninguna gracia que juegue con ella.
A mitad de carrera oigo un disparo y caigo al suelo. Primero temo por si han disparado a Yitz’chak, después me pregunto si mi caída y el disparo tienen alguna relación, mientras mi vista empieza a nublarse.

No pierdo el sentido completamente, veo que mi hijo me observa, su imagen se distorsiona y ondula. Me da miedo como me mira, con su gorra nazi cayendo sobre su nariz, demasiado cómodo con la situación.

Un grupo de alemanes se acerca, uno lleva un abrigo de oficial y no lleva gorra.
Cómo si estuviera debajo del agua oigo a mi hijo decir algo en alemán. No sabía que lo hablase. Los alemanes ríen, están riendo. El oficial se acerca y coloca bien la gorra sobre su cabeza y le da unas palmaditas en el hombro. Y… se van juntos… Mi pobre Yitz’chak, que Dios nos ayude.

leer parte III

miércoles, octubre 04, 2006

Irrealidades de la realidad (Propuesto por Yul)

De pequeño mi madre me tenía atemorizado con sus historias sobre el hombre del saco. Una vez incluso convenció a mi padre para que se pusiera una máscara, me metiese en un saco de patatas, y me arrastrase hasta la calle, donde simuló un rescate "in extremis" que durante mucho tiempo le agradecí devotamente.

¿El ratoncito Pérez?,¿Papá Noel?, auténticos desconocidos para mí. En casa sólo se hablaba del monstruo del armario, el hombre del saco y cualquier otro tipo de ser capaz de arrancarme la cabeza, si no obedecía a pies juntillas las leyes que regían mi santo hogar.

Con el paso de los años, aprendí a desconfiar de todo cuanto se me contaba. Cualquier advertencia, me la tomaba como una más que posible mentira. No sólo no me he quedado ciego, sino que sigo viendo perfectamente, cuando a mi alrededor todo el mundo vive preocupado por si les queda mejor llevar lentillas o gafas fashion.

Pero no todas las mentiras son tan evidentes, a un hombre hecho y derecho no puedes decirle que se le caerán los dientes por decir mentiras. Pero si puedes decirle que según un estudio de la universidad de Cambridge, masticando determinado chicle estarás protegiendo tus dientes de la caries. No te dicen que la caries va a ser el menor de tus problemas si masticas chicle a todas horas... las encías se debilitan, se te mueven los dientes con la menor presión... dolor.

Pero aún así, siguen siendo mentiras fáciles de detectar. Otras mucho más sutiles son las que me encontré al salir del instituto.
"Elige una buena carrera, de ello depende tu futuro", "Elige una empresa grande, es mas fácil promocionar y tener un buen futuro". Aún me descojono...

lunes, octubre 02, 2006

El sentido de la vida

Que bonitas son las metáforas. Voy a relataros la historia de un chico normal, la gracia de una fábula metafórica es que puede hablar de cosas que no existen.

Juanito llevaba más tiempo del que podía recordar, jugando en un camino de tierra que desaparecía en el horizonte. Jugaba a fútbol con sus amigos, de vez en cuando hacían algún cambio en la alineación de los equipos, y el campo era curioso, sólo había una portería, y cada vez estaba más lejos, lo que les obligaba a correr siempre hacia adelante.

El paisaje era un borrón multicolor carente de sentido para él. Parecía que a medida que avanzaba todo se aclaraba y se definía a su alrededor, pero a cada nuevo paso se daba cuenta de que lo que antes creía que significaba una cosa, en realidad significaba otra, así que al final optó por ignorar lo que se le antojaban como caprichos anecdóticos del paisaje.

Con el pasar de los kilómetros empezó a comprender porque le dolía tanto cada vez que caía al suelo, y es que no era un camino de tierra, sinó de asfalto. ¿Lo habían asfaltado mientras él dormía? ¿O había sido siempre así?

Con el cambio de terreno tuvieron que dejar de jugar, y lo que antes eran dos equipos de incontables jugadores, se convirtió en cuatro o cinco amigos paseando y charlando sobre lo que les parecía que había tras la siguiente curva, o lo que significaban las formas fuera del asfalto.

Un buen día uno de ellos ya no estaba andado a su lado, sinó circulando en un coche de quinta mano que se caía a pedazos.
Juanito desconfió de esa nueva manera de moverse, pero no iba a quedarse andando solo. Así que montaron en el vehículo y todo empezó a moverse más deprisa.

La primera vez que pararon en una gasolinera... el primer edificio que veían, algo más a parte de la carretera, se encontraron con un amigo de su infancia. Ricardo estaba de pie con la vista perdida en el horizonte, mientras cogía de la mano a un niño de unos cinco años con cara de pocos amigos.

Juanito, el más sociable de ellos, se acercó a él y le saludó. Ricardo le miró sin comprender y bajo la vista hacía el niño. Y este no dijo nada.
- ¿Es tu hijo? - insistió Juanito.
Ricardo repitió su lento ciclo, de mirada atontada y búsqueda de ayuda en el chaval.
- Soy su niño interior - dijo este.
Cortésmente Juanito se despidió y siguieron su camino dejando atrás a su amigo perdido.

Volvieron a la carretera, cargados de bebidas y comida, entre música y risas avanzaron cierto tiempo. Hasta que el conductor miró por el retrovisor y empezó a acelerar de manera exagerada. Bajó la música y todos callaron.
- ¿ Que pasa ? - preguntó Juanito.
- Mi jefe está en el coche de atrás - contestó su amigo.
- ¿Y que quiere? - indagó nuestro protagonista.
- Pues menos risa, menos música y más velocidad.
Juanito iba a seguir con la conversación cuando tuvieron que volver a detenerse para repostar.

Allí volvía a estar Ricardo, con su... niño interior. Los dos de pie, mirando al horizonte, cogidos de la mano. El pobre chaval había recibido una paliza y estaba gimoteando, el pobre.
- ¿Que le ha pasado?- preguntó Juanito.
- Pues lo que ves... lo han molido a palos. - Para la sorpresa de Juanito, fue Ricardo mismo quién habló esta vez. Con la voz cargada de resentimiento.

De nuevo en la carretera, con música, pero baja. Con risas, pero enturbiadas por la posibilidad de una nueva persecución. Los viajeros discutían a ratos sobre la conveniencia de enfrentarse a su perseguidor.
- Podríamos detenerlo con esto - dijo uno de ellos mostrando una pistola.
- ¿De dónde has sacado eso? - preguntó el tranquilo y pacifico Juanito.
- Pues no lo se, simplemente pensé en una solución y apareció en mi mano.
Juanito se miró la mano y apareció la fotografía de una pelirroja de grandes ojos verdes. La escondió lo más rápidamente que pudo.

No tardó en aparecer su perseguidor. Esta vez no venía solo.
- ¡Joder! También viene mi jefe hoy - Dijo otro de los amigos de Juanito.
Decidieron detener el coche y cruzarlo a modo de barricada. Todos sacaron sus armas menos Juanito, que no quería perderse en esos ojos esmeralda... tal vez sus amigos le necesitaran si la cosa se torcía.

Les mantuvieron a ralla hasta que apareció un pesado trailer. Venía a una velocidad asombrosa, directamente hacia ellos.
- ¿Susana? Coño, pero si es mi novia...
- ¿Y que hace con mi madre?, te digo yo que estas no frenan...
Montaron de nuevo en el coche, ningún conocido de Juanito parecía perseguirle, pero el trailer parecía igual de peligroso para sus huesos, que para el resto.

Cuando por fin les dejaron atrás, tenían el deposito vacío de nuevo. Se detuvieron en la siguiente gasolinera y allí volvía a estar Ricardo, pero esta vez estaba solo, con una bolsa de plástico negra bastante grande a su lado.
- ¿Que llevas allí? - Le preguntó Juanito.
- Han matado a mi niño interior.
- Hijos de puta
- Si... - Ricardo ya no tenía la mirada perdida, hablaba con fluidez, cosa que era todo un avance.
- ¿Y ahora que? - quiso saber Juanito.
- Pues nada, a conocerme a mi mismo y esas cosas - contestó Ricardo casi con indiferencia.

Juanito y sus amigos volvieron a ponerse en marcha. Se había hecho de noche y mientras admiraba a la luna a través de la ventanilla, Juanito se preguntaba como se las apañaría Ricardo en su nueva etapa y como le iría a si mismo, si se comprase una moto y corriese solo un tiempo. La velocidad puede disfrutarse mucho cuando no tienes ningún trailer pisándote los talones.