Nieve (Parte II)
leer primero parte I
Yitz’chak vuelve a estar fuera del barracón. Un día más contempla impasible como su padre completamente desnudo, se congela lentamente al otro lado de la alambrada que separa a los hombres, de mujeres y niños.
-¡Yitz’chak!, entra ahora mismo. – le digo a mi hijo consciente de que no va a escucharme.
Un centinela me indica con la punta de su ametralladora, que guarde silencio.
No puede ser sano para la mente de un niño de nueve años, contemplar día tras día como su padre muere bajo la supervisión de dos soldados alemanes.
Siempre había sido un niño risueño, conocía perfectamente el sonido de su risa, que escucharon todos cuando su padre le contaba alegremente que iban a pasar unas vacaciones con unos anfitriones algo ariscos.
Su marido era considerado por muchos un genio, médico de renombre en constante búsqueda de conocimiento, dedicaba muchas horas a su hijo, a mostrarle las “realidades” del mundo como él las llamaba. Simples cuentos, metáforas excesivamente adornadas y edulcoradas que ella siempre desaprobó.
De esta manera su hijo se pasó la infancia con mirada soñadora, perdido en fantasías llenas de colores y felicidad.
No es que a ella le pareciese mal que su hijo fuese feliz, pero habría agradecido a su marido prepararle mejor para el mundo real, un mundo que ahora estaba degustando de manera enfermiza.
Hacía tres días que su marido estaba a la intemperie mientras sus vigilantes controlaban que no llegase a congelarse demasiado. Dándole una manta cuando sus miembros empezaban a mostrar signos de congelación irreversible y destapándole de nuevo cuando el frío remitía.
Tres días que su hijo ya no miraba las nubes, ni sonreía. Tres días que su hijo era un completo desconocido para ella.
Cuando estoy a punto de ir a buscarle, el frío viento invernal trae arrastrando sobre la nieve, una gorra de oficial alemán, que por azar se detiene a escasos centímetros de mi Yitz’chak, quien sin pensárselo dos veces se la pone en su cabeza demasiado pequeña y empieza a andar en círculos levantando exageradamente las piernas rectas.
Reprimiendo un grito de angustia salgo corriendo hacia él, temiendo que al dueño de la gorra no le haga ninguna gracia que juegue con ella.
A mitad de carrera oigo un disparo y caigo al suelo. Primero temo por si han disparado a Yitz’chak, después me pregunto si mi caída y el disparo tienen alguna relación, mientras mi vista empieza a nublarse.
No pierdo el sentido completamente, veo que mi hijo me observa, su imagen se distorsiona y ondula. Me da miedo como me mira, con su gorra nazi cayendo sobre su nariz, demasiado cómodo con la situación.
Un grupo de alemanes se acerca, uno lleva un abrigo de oficial y no lleva gorra.
Cómo si estuviera debajo del agua oigo a mi hijo decir algo en alemán. No sabía que lo hablase. Los alemanes ríen, están riendo. El oficial se acerca y coloca bien la gorra sobre su cabeza y le da unas palmaditas en el hombro. Y… se van juntos… Mi pobre Yitz’chak, que Dios nos ayude.
leer parte III


