martes, diciembre 27, 2005

Sam

Llevaba cuatro horas trabajando a pleno sol cuando Sam decidió descansar unos minutos. Dejó la azada a un lado y abrió su pellejo. Se llevó el agua a los labios agrietados dejando que aliviara su reseca garganta. Ya no estaba tan fresca como a primera hora, pero agradeció enórmemente el trago.
El sol atacaba inclemente sus desprotegidos ojos, pero no le importaba. Los rayos dorados ensalzaban la belleza de los campos de trigo que había plantado con sus propias manos y que rodeaban su humilde cabaña.

Había vuelto de la guerra diez años atrás y tras comprar este pedazo de tierra olvidada de todo el mundo se había volcado en cuerpo y alma a ella y a su familia.
Ahora su tierra ya no estaba olvidada, el nuevo alcalde de la ciudad más próxima había decidido que estaba bajo su protección previo pago y su familia ya sólo consistía en su hijo Pol de ocho años y pelo como llamas purificadoras.

En cuanto a las pretensiones del alcalde, Sam las había ignorado repetidas veces e incluso había echado a patadas al último recaudador que se había atrevido a acercarse. En lo tocante a la muerte de su esposa unos pocos años atrás, la visión de su hijo creciendo saludable, listo y alegre, le aliviaba como el mejor de los ungüentos.

Un repentino destello procedente de la cabaña llamó su atención. Pol debía haber salido con el cubo metálico a por agua al pozo. Iba a ponerse de nuevo a trabajar cuando vió varios destellos cerca de su cabaña. " Eso no son cubos reflejando el sol, son cotas de malla. Cinco. ", pensó Sam alarmado. Empezó a avanzar en dirección a su hogar inseguro primero, más aprisa después.
Un alarido de dolor le heló la sangre. " NO ". Una única palabra resonando en su cabeza. "NO". Corrió con todas sus fuerzas, su corazón bombeaba como nunca, su destino era el lugar donde su hijo había gritado.

Pol estaba levantado dos palmos del suelo, atravesado por una lanza, clavado en la pared sur del establo. Los ojos en blanco y la boca abierta en un grito sordo y sangriento.
El corazón de Sam se detuvo con un golpe extremadamente doloroso, cayendo de rodillas golpeó el suelo como un fardo sin vida. "NO". Las lágrimas surgierón de él como un torrente incontrolable. Lágrimas que no había vertido por la muerte de su esposa, ni por sus compañeros caidos en la guerra. Todo su mundo había dejado de existir, la desesperación tomó posesión de su cuerpo vació ya de toda voluntad.

Alguién se movía a su espalda, no era un ser humano, era un cerdo asesino de niños, un monstruo que había acudido a él para destruir todo lo que amaba. Era un montón de cosas que no perdió el tiempo en explicar, simplemente se aseguró de que dejase de ser. Con el primer puñetazo el yelmo mal abrochado voló por los aires, con el segundo y tercero la mandibula explotó y la nariz se incrustó en su podrido cerebro.

Antes de que su primera víctima hubiese caido al suelo ya tenía su espada en la mano. Sus oponentes eran matones inexpertos acostumbrados a tratar con granjeros desarmados. Ninguno fue lo suficientemente veloz para evitar sus tajos cargados de dolor, odio, frustración y sed de venganza. Sólo uno fué suficientemente rapido para llegar a su caballo y partir desesperado hacia la seguridad de la ciudad.

Sam contempló la nube de polvo que se elevaba tras su evadido objetivo. Observó su rostro en el filo de su espada. Deformado en una mueca de dolor y furia aparecía entre los restos de carne y sesos pegados al filo, las lágrimas no habían dejado de brotar y caían como una triste lluvia sobre la sangre de la espada disolviendola en parte y mostrando el brillo que había debajo.
Gritó, el aire le arañaba la garganta al salir y los pulmones lo dolían debido a la presión. "Que pare este dolor, que muera mi pena, que mueran todos".

De un salto subió al primer caballo que encontró y lo azuzó con violencia trás el último de sus objetivos. Fué ganándole terreno pero no fué hasta las mismas puertas de la fortaleza del alcalde que lo atrapó. Estaba subiendo el último de los peldaños de la escalinata que llevaba a las pesadas puertas de roble mazizo. Sam desmontó y lanzó su espada con precisión letal.
El cuerpo sin vida del último de sus atacantes cayó a los pies de los dos centinelas de guardia.

Sin tener muy claro que hacer ante semejante aparición bajaron sus lanzas para frenar el avance del inesperado atacante.
- El alcalde a matado a mi hijo, ahora voy a matarle yo a él - Los sorprendidos soldados apenas entendieron las palabras de Sam que seguía llorando y gritaba más que hablaba. Uno de ellos se apartó al ver su mirada asesina, el otro cometió el error de intentar embestirle. Preguntándose todavía como su lanza había cambiado 180 grados su orientación hasta clavarse profundamente en su estomago cayó rodando.

Sam entró en una gran sala repleta de tapices y alfombras, al final había una larga escalera que llevaba al piso superior donde estaba el despacho del alcalde. Y a mano derecha una pequeña puerta llevaba a una escalera que descendía a la oscuridad de las mazmorras.
Cogió una antorcha de la pared y prendió fuego a todos los tapices que encontró en su camino hacia el piso superior. Algunos guardias más se cruzaron en su camino pero perecieron rápidamente en sus manos perturbadas. Terminó con la vida del alcalde con la misma velocidad, no se recreó en causarle dolor, se limitó a aplastar su cabeza contra su caro escritorio con un precioso taburete con detalles dorados.

Con pasos lentos y pesados Sam emprendió su camino de vuelta a casa. Vacío y con las lágrimas secándose por el calor de las llamas que ya estaban devorando la fortaleza hasta los cimientos cruzó el vestibulo en dirección a la calle.
Al llegar junto a la puerta de las mazmorras los gritos despertaron la poca razón que aún quedaba dentro de él. "No es la voz de guardias quemandose vivos, hay mujeres allí abajo y... niños...". Se lanzó contra la puerta en llamas destrozandola como papel. Voló por los escalones ignorando el fuego que empezaba a prender en sus ropas.

Al llegar junto a las celdas no pudo reaccionar. Era demasiado tarde. Algunos cuerpos se convulsionaban aun envueltos por el fuego, pero la mayoría estaban ya inmóbiles. Decenas de personas que habían sido llevadas allí con algún absurdo pretexto del despota alcalde, habían muerto por su ira, su dolor, su sed de venganza. Se quedó allí parado. Sin quejarse ni moverse dejó que el fuego le consumiera lentamente evaporando sus lágrimas y su estupidez de raíz.

FIN!!

jueves, diciembre 15, 2005

Acompañame al norte

Siento la fría pared en mi sien y en mi hombro, me estoy empezando a cansar de estar aquí depié apoyado de lado en la pared como una escoba esperando ser usada. Podría sentarme, pero eso ya lo he probado antes y es igual de aburrido y no me acercaría más al norte, dondequiera que esté eso.

Intento avanzar girando sobre mi mismo, con la cabeza contra la piedra para no caer, pero duele. Debería ser capaz de andar solo, lo he visto hacer a alguién alguna vez, pero en este callejón donde me metí hace ya no se cuanto, no hay nadie en quién fijarse.
- ¿Marc eres tú? - me llega una voz desde la entrada de la calle.
Me fijo, es Paco.
- ¡Ei tio! esperame un segundo que te acompaño hacia el norte.

Me incorporo como buenamente puedo, doy un par de pasos tambaleantes y me voy directo contra la pared del otro lado de la calle. Repito la operación yendo de lado a lado como un idiota hasta que llego junto a mi amigo. Paco se separa un momento de la farola en la que estaba apoyado, me acerco lo suficiente y nos apoyamos el uno contra el otro, pero mirando en direcciones opuestas. Empezamos a andar pero no hacemos más que dar vueltas en circulo como unos memos.

- A ver tio... así no llegaremos a ninguna parte, ni al norte ni al sur. ¿Porque no te giras y vamos hacía allí? - Le digo señalando.
- Es que hay un grupo yendo en dirección contraria y la mayoría de gente va hacia allí también.
Presto atención, ahora que he salido del callejón veo a un montón de gente. Es una calle bastante ancha. Hay varios grupos y ciertamente la mayoría van en dirección contraria a la que yo proponía.

Me fijo en los grupos, los hay de varios tipos. Algunos son como una melée de rugby, todos apoyados con todos, andando lentamente, a veces en circulo, a veces al unísono y con una dirección algo errática. Otros tienen a alguién en medio que anda completamente erguido, como sin darse cuenta de que tiene a gente a ambos lados sujetandolo o apoyandose en él.
Hay también algunas personas andando solas y parejas... por un momento pierdo pie y casi hago caer a Paco.

- ¿que haces aquí solo ahora que lo pienso? ¿no deberías estar andando con Sonia?
Tengo que hacer un esfuerzo para que Paco no me haga caer bajo su peso, tal vez debería haber preguntado con más tacto.
- Me dijo que prefería andar sola, que su norte y el mio no eran el mismo...
-vaya, la de veces que he oido eso. No te preocupes cuando lleguemos allí nos reiremos de todo esto.
- pero que dices... si no tenemos ni puta idea de donde está.
- venga va, sigamos a ese grupo de allí parece bastante organizado.
Después de discutir un rato, Paco decide quedarse sentado un rato... yo llevo parado mucho tiempo y quiero andar, asi que sigo como buenamente puedo al grupo.

Después de unos minutos estoy harto de no saber a dónde me llevan y de tropezar cada dos por tres. Paro un segundo y veo a una preciosa chica andando en dirección contraria. Anda sola, completamente erguida y decidida. Me pongo a andar a su lado, milagrosamente consigo andar bastante bien. Me mira divertida.
- ¿Me acompañas un rato? - dice con voz musical.
- pues claro - una sonrisa estúpida se dibuja en mi cara mientras sin darme cuenta caigo hacía ella para apoyarme en su hombro como hacia momentos antes con la pared.
Con cara de asco ella se aparta y me doy de cabeza con el suelo.
- Creia que podrias andar por ti mismo - dice con disgusto mientras sigue andando.

Y puedo, pienso, puedo pero no se como... lentamente me levanto y miro a mi alrededor. Delante de mí hay un edificio de oficinas. Conozco a mucha gente que dice que el norte esta alli. Se pasan el dia apoyados en su ordenador autoconvenciendose de que han hallado su destino. Otros lo encuentran en un buen apartamento. Yo no me siento comodo apoyado ni contra un sofá ni contra un ordenador. Tampoco aquí en la calle donde amenudo llueve o cosas peores... pero almenos puedo ir viendo cosas nuevas, tengo la esperanza de terminar encontrando algo que me guste.

Como aquella vez que entré en una discoteca. Pensar en eso me da una idea, me levanto y empiezo a bailar. Parece que funciona, mantengo el equilibrio sin problemas. Sigo mi instinto y me dirijo hacía la dirección que me parece correcta marcándome un buen baile. La gente con la que me cruzo me mira raro y a ratos eso me hace sentir un poco estúpido pero no se me ocurre nada mejor que hacer así que continúo y ya puestos canto un poco.

Así sigue mi camino, de vez en cuando alguien me acompaña un trozo, hasta que termina harto de verme dar saltos de un lado para otro y desafinar continuamente. Pero suelen volver tarde o temprano. No estoy solo y bailar hacia el sol no esta nada mal.

lunes, diciembre 12, 2005

El tiempo infinito (Propuesto por Alex)

¿Cuanto llevo aqui sentado tratando de decidir que hacer esta tarde? pues no lo se, ¿pero que más da? si no me decido es que no hay nada que me haga verdadera ilusión, ¿no?.
Bueno, me gustaría haber llamado a algunos colegas y estar pasando el fin de semana en algún rincón olvidado haciendo el subnormal. O algo más sencillo, quedar para ir al cine. Pero se está tan bien aquí sentado, disfrutando de mi tranquila compañía.

Siento un ligero picor en la mejilla así que me rasco un poco, veo sorprendido que tengo arena bajo las uñas. Tal vez debería empezar a plantearme la posibilidad de hacer una limpieza general en el piso. No hay mucho tiempo libre para quitar el polvo cuando se esta tan ocupado decidiendo que hacer con tu vida. Algunos pueden pensar en ello mientras friegan o barren. O simplemente limpian sin cesar para no darle vueltas al coco. Pero yo me siento aquí en mi sillón y medito con la calma de un maestro zen.

El picor se ha extendido al cuello, me friego con la yema de los dedos y vuelvo a sentir un tacto arenoso. Una cosa es que la casa esté patas arriba, pero estar cubierto de arena es una exageración. Me levanto para ir al baño a mirarme al espejo. Cuando estoy a medio camino suena el teléfono. Contesto, es Ernesto, me dice que ayer Maite estuvo preguntando por mí, que tal vez debería llamarla. Le digo que no me apetece pensar en cosas divertidas que contar ni que demonios puede parecerle una conversación interesante a una mujer como ella.

Al colgar veo horrorizado que la mano con la que sujeto el telefono suelta una nube de polvo con el golpe. La sacudo y la piel de la mano, convertida en arena empieza a caer al suelo. Me quedo paralizado, intentando comprender que está sucediendo. Sigue siendo sólida, pero se está agrietando como una bola de arena mojada secándose al sol. Antes de pensar en como reaccionar vuelve a sonar el teléfono. Lo cojo con la otra mano.

Es mi jefe, dice que ha surgido un imprevisto en la empresa y es indispensable que acuda al trabajo mañana domingo. Ya he perdido la cuenta de las veces que ha pasado lo mismo, me pregunto cuanto tardaran en darse cuenta de que ya es algo completamente previsible. debería mandarles a la mierda y buscar otra cosa, pero ya lo haré más adelante.

Siento un dolor agudo en la mano y suelto el teléfono, la mano izquierda presenta un aspecto peor aún que la derecha. Como un castillo de arena enfrentado a un huracán, mis manos empiezan a disolverse creando montoncitos de arena a mis pies. Intento moverme pero no puedo, siento el picor en todo el cuerpo. Un ligero cosquilleo me recorre de la cabeza a los pies mientras todo mi cuerpo se desmorona por capas. Ríos de arena que nacen en mi sien descienden arrebatandome poco a poco el cuerpo que me queda. En pocos instantes no queda de mí más que el tiempo de todos los relojes de arena que he desperdiciado.